El frío me estaba congelando los dedos, trataba de
escribirle que llegaría tarde pero que debía esperarme para ir por ese café que
le había prometido un día antes al despedirnos. El camino no ayudaba, por ser
más tarde el tráfico se mantenía estático. Empecé a desesperar, ya la he
decepcionado tantas veces que ahora mismo quisiera poder estar con ella,
mirarla y ver su transformación, como se ha ido convirtiendo a través de tantas
situaciones en las que la vida la ha –nos ha- puesto.
El mensaje no salía por problemas en la red, es por eso que
odio tanto la ciudad y prefiero regresar diariamente a mi hogar. “No tiene caso
desesperarse”, pensé y me dediqué a mirar los paisajes que ofrecía el viaje.
Cuando ella llegó a su primer año, sorprendió por su
capacidad profesional, con mucha actitud y disciplina en su trabajo nos fue
ganando poco a poco, su desenvolvimiento y agresividad en el quirófano nos dejo
claro que ella no venía a jugar o a hacer amigos, ese brillo que llevaba en los
ojos y lo irascible de su carácter me contaba las historias de quien ha sido
bienamada y consentida por la vida, sin embargo fueron pocos los meses que eso duró pues recuerdo
claramente la mañana que llegó deshecha, no dejo de llorar todo el día mientras
me contaba lo mucho que le dolía haber dejado ir al amor de su vida. Verla a
ella, que siempre ha sido fuerte, con el alma quebrantada me causó una sensación
de ternura y de protección. Los meses que siguieron no fueron menos difíciles para
los dos, pues nos enfrentamos a situaciones muy similares en las que yo también
quede con el corazón hecho trizas. Fue una mañana de Noviembre en la cual los
dos nos doblamos y decidimos que no podíamos aparentar ser más fuertes, fue esa
noche la primera vez que compartimos la misma almohada mientras mi instinto
protector trataba de mantenerla con vida, y sin embargo fue hasta diciembre que
su sonrisa volvió mientras compartíamos una botella de vodka, esa noche fue
mágica, ella volvía a brillar y poco a poco dejo ese estado zombie que incluso
afecto su trabajo en el hospital.
Baje del autobús corriendo y entre al metro. “No voy a
llegar, definitivamente no lo voy a lograr, y este maldito teléfono sigue sin
funcionar”. Añoraba llegar a esa cita extraoficial que habíamos hecho, no sé
como de pronto ella se volvió indispensable para mí, era mi mano derecha en el
hospital y mi confidente entrañable en la vida personal: es de esas mujeres que
por entretenidas e interesantes son como las zonas peligrosas, uno tiende a
quedarse ahí sin darse cuenta.
Nunca la vi tan mujer como aquella tarde de navidad, las
vacaciones le habían sentado bien y se notaba en el destello de su piel y en el
semblante dulce de su rostro. Tiene un carácter que me desespera, hemos pasado
tanto tiempo juntos que su técnica quirúrgica es prácticamente herencia de la
mía. Llego con ese aire majestuoso, tan dueña de si misma, con ese vestido
negro que jamás imagine que ella podría lucir así. El cabello en tonos morados,
mostrando el lado divertido y rebelde de su carácter, las botas de piel y las
piernas que nunca había visto antes al desnudo. Sería muy tonto si la hubiera
dejado ir a sentarse al otro extremo de la mesa con su amigo, así que
inmediatamente le pedí que estuviera a mi lado. Verla así, tan libre, tan
mujer, tan ella, me recordó cuanto la extrañe en estos días que se fue a la
playa. Toda la tarde estuvo llena de conversaciones, compartimos platillos y
postres, es maravilloso como logra cautivar con su conversación a los cirujanos
y como logra tirar granadas directas a sus enemigos. El efecto del alcohol se
empezaba a notar en sus mejillas las cuales se encendieron mientras ella reía
ruidosamente como solo sabe hacerlo quien disfruta de la vida. Sentí a la vez,
el efecto en mis neuronas, pero no lo pensé mucho y me acerque a decirle lo
mucho que la he extrañado y lo mucho que la quiero, ella solo sonrió y me recordó
que me ha escrito sin respuesta de mi parte. No sé en que momento pasó, animado
por el alcohol, el ambiente y esa seguridad
sensual con la que se desenvolvía en ese vestido corto, de pronto tomé su mano
y ella no me la negó, entrelacé mis dedos con los de ella por debajo de la mesa
mientras cada uno sostenía una conversación con distintas personas y sin
voltearnos a ver. Mentiría si dijera que recuerdo como se fue dando el resto de
la noche… solo recuerdo el tacto sedoso
de la piel de sus piernas, como ella aprisionaba con sus dos manos la mía
mientras acariciaba mis dedos y seguía el trayecto de mis venas. Sé que los
demás nos miraban sin entender que era lo que pasaba pues aunque hemos sido
tema de habladurías siempre hemos sido buenos amigos y así lo hemos dejado
claro. Las botellas de whisky como llegaban se vaciaban, el ambiente brumoso
nos llevo a una intimidad entre colegas, las pláticas eran de pura cirugía y la
vi emocionarse, y entre todo el ruido alcance a escuchar como uno de los
maestros le preguntó si me quería, a lo que ella no dudó y dijo que sí. (¡Que
sí!). Quizás fue eso último o lo que siguió después, quizás fue su risa
mientras le decía que la quería o el hecho de que no creyera lo que yo le decía
lo que me dio el valor de pedir una canción y dedicársela… “No pretendo ser tu
dueño…” porque sé que es uno de sus mayores miedos. Salimos de aquel lugar,
juntos, ebrios y tomados de la mano. Continuamos la fiesta en
el departamento de uno de nuestros amigos, ella bailaba frente a mí, de pronto
en medio de esa atmosfera festiva despedía una magia distinta a la que le había
conocido, siempre me había presumido de saber bailar pero nunca la había visto
en su elemento. Bailaba y me miraba, sonreía, maliciosa me quitó la corbata y
la puso en su cuello, desabotonaba mi camisa mientras seguía bailando de esa
manera…
-Que tarde es, ni siquiera voy a llegar a tiempo a la
sesión- le dije al taxista, puesto que me había desesperado y decidí salir del
metro. Recibí un mensaje de ella, estaba ya esperándome, había incluso llegado
temprano. “Me va a odiar toda la vida”, pensé. Mientras el auto avanzaba con
rapidez recordé como los días que siguieron a aquella noche ambos decidimos
simplemente optar por olvidar el episodio.
“¿Anoche? No recuerdo nada, y si no me acuerdo, no pasó”, suele decir
ella tras cualquiera de sus típicas y cuantiosas noches de fiesta. Nunca pensé
que en esta ocasión me tocaría a mi ser el involucrado, pero creo que así es
mejor, es una persona a la cual quiero mucho y no vale la pena perderla por tonterías.
Creo que después de todo no es tan mala idea no llegar a esa cita, así evitamos
muchos problemas. Le pedí al taxista que no se desviara y me llevara directo al
hospital.
Apareció entre los árboles y las hojas doradas como una
visión. Adicta al café, traía uno triple en la mano, el cabello morado en rizos
que enmarcaban su rostro adusto y más que decepcionado, se diría resignado.
Vestía como nunca la había visto: saco y jeans ajustados, tacones que aumentaban
lo alta que ya es. Ese caminar pausado de quien sabe que no puede controlar la
vida, pero que aún así esta dispuesta a aceptar lo que venga. Me saludó con un
beso en la mejilla, al igual que al resto del equipo. Subimos a la sesión de
aquella mañana, me senté a un lado de ella, la vi emocionarse con el tema,
poner atención y resolver de manera rápida y eficiente las dificultades
técnicas sin dudarlo y segura de si misma. Ya no es la niña berrinchuda, arrogante,
insolente y brava que recibí, ha cambiado, la vida y el dolor la han cambiado.
Ahora tiene un mirar seguro, sabe lo que desea pero esta consciente de que no
es posible todo en la vida, ha empezado a ceder ante sus deseos como mujer sin
desestimarse por lo mismo. Ha cambiado mucho, y han cambiado mis sentimientos
hacia ella.
Recuerdo aquella noche mientras yo le decía que era la mejor
y que solo confiaba en ella para continuar con la buena escuela en el hospital
como ella apretó mis manos, me miró y me dijo muy seria: tú me creaste, soy lo
que soy por ti.
Hoy sé que la he perdido, sé que ella entendió el
mensaje. Esta historia comenzó hace más
de un año pero no puede terminar de otra manera más que como futuros colegas
operando juntos. Sé que le estoy rompiendo el corazón, pero también que es
fuerte y que lo afrontará tal como viene. ¿Qué por qué lo hago? Porque la
quiero y la aprecio demasiado, nunca había tenido la fortuna de tener como
compañera a una mujer tan capaz, que me iguala en todo lo que le enseño y me
supera en algunas otras circunstancias de la vida.
Durante el desayuno la vi dolida, la vi resguardarse en el
cinismo que tanto la caracteriza y en el abrazo de su mejor amigo. La capacidad
que tengo de mostrar indiferencia me sorprende ocasionalmente, decidí dar la
estocada final comentando que aquella noche haría una cena especial para mi
novia, la cual me esperaba en casa. Ni siquiera me miró. Nos despedimos con un
abrazo sencillo que ella quiso evitar. La vi irse, con su paso firme y
decidido.
(ella desconoce la ansiedad que me provoca no tener sus besos y el perfume de sus cabellos, jamás se enterará de como soy incapaz de olvidar sus dedos surcando mi espalda, del sonido de su voz al suspirar mientras recorro con mi boca su cuerpo, ella pensará que todo lo he olvidado y que aquella noche jamás pasó)
Seguro la vida nos dará otra oportunidad, y de no ser así,
espero que nos permita seguir operando juntos.
¡Carajo, como ha cambiado!
Anónimo.