lunes, 10 de diciembre de 2012

Perlas.


Ésa que se mira al espejo con los ojos llenos de orgullo, con las perlas al cuello, sonrisa altanera de satisfacción, en una habitación del hotel de lujo de esa playa, es la misma que un día soñó en su humilde habitación con un futuro brillante, del cual disfruta ahora. 

Llena de éxitos tiene la entereza en el carácter que solo dan años y años de trabajo duro, se pasea luciendo su piel morena, brillante y borracha de sol. El vestido que eligió esta ocasión es aquel del que se enamoró al verlo porque reproducía su esencia: un elegante strapless, color vino, como la sangre; con una falda larga y ondulada, liviana para deslizarse en el aire que despide su sola presencia. 

Toda ella es su propia creación, no teme al mundo porque ya ha aprendido que las reglas cambian en un par de segundos llevándose -o trayendo- todo lo que ama. Camina con la seguridad que le da el saberse auto suficiente, dueña de sus decisiones, con sus eternos libros bajo el brazo que siguen alimentando las historias que recrea en su mente, la tarde la baña del resplandor y el mar inunda sus sueños realizados. Ama con la humildad que le da el saberse dueña de un corazón reconstruido y vive al día con la intensidad que le dejó el olvido de un amor eterno. Mira con la autoridad de quien sabe que esta en paz con la vida, sin deudas, afortunada de poder morir plena y completa. 

Se regaló un viaje a un paraíso soñado, uno que ella misma eligió y pagó, adora este recinto suntuoso pero extraña su quirófano como nunca. Sabe que el principio fue difícil, pero goza ahora de los triunfos. Disfruta saber que no hay un camino trazado y se limita a que cada día valga la pena: una sonrisa, una mirada, un beso, un abrazo, una cama, una alberca, una noche, una mañana. Se entrega como nunca a si misma. Valió la pena este viaje sola. Ella es tan ella ahora, la soledad la hace más mujer. 

"Nunca Frida fue tan Frida como cuando viajo sola a París, lejos de Diego", dijo alguna vez un fotógrafo apasionado por ella, que la retrató como una madona, el rostro suave -propio de quienes son bien amados-, los labios gentiles, los pechos sueltos, lejos de ese gesto adusto que llevaba al llegar de México a Nueva York. Se apasionó por ella como solo se hace en los amores cortos y fugaces, la amó como un imposible encarnado que sin  embargo dejó en libertad a sabiendas que la pintora jamás se separaría de su leyenda: el amor por Diego. 

Así ella, es más mujer con sus perlas encima, con su vestido vino, con esos tacones que se consiguió para ir a donde ella quiera. Decidió que no vale la pena buscar, se limita a dejar que la encuentren y la disfruten, mientras ella, a su vez, disfruta y hace lo que mejor ha aprendido: gastarse la vida. 


Eixha.
Sin miedo a nada, con amor a la vida. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario